El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada, prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable. Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y les dije:

—Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig, su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen este paso si les parece inconveniente.

Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio, sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.

El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería; pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá se inclinaba con señales evidentes hacia el no ser.

De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de champagne. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé:

—¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña!

Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto de un trago.

—Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa. Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos y felices.

Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula.

—¡Ribot!... ¡No puede ser!—profirió con voz alterada.