—Ahí están la escritura de compra y la de donación—respondí presentándole los documentos.
—¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!
—Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede la facultad de elegir heredero... Ya está elegido—añadí poniendo la mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada.
Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso. Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante, besó la pared y entró.
Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije:
—Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber trabajado muchos días para que llegase este momento.
Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz temblorosa:
—¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo pagárselo.
Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas palabras.
—Cristina—repliqué—, acepto el dictado que usted noblemente me otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato... Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar que algún día me dé otro nombre que el de amigo?