Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la rodilla a su lado y esperé.

—Levántese, Ribot—dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa—. Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted, Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?

Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos para ocultarlo.

—¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?—exclamó acercando su cabeza a la mía—. ¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su suerte, si usted quiere.

Hice signos negativos con la cabeza y respondí:

—Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará.

Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el pañuelo, le dije sonriendo:

—¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy constantes.

Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome fijamente, exclamó:

—¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una estimación y un afecto tan profundos.