—Esas nobles palabras—respondí conmovido—no sólo me dan fuerzas para vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz, Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y tranquilo.

XVIII

CUMPLI la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos. Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre. En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer.

En este momento escucho su voz en la escalera:

—¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot!

Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen también de gratitud.

Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito. Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.

Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz. A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo. Aquí me tienes.»

¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los rayos del sol.