Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el burdeos que sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez se me escapaba una nota discrepante. Doña Cristina se llevaba el dedo a los labios.
—Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda usted a medio almorzar.
Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los demás hombres.
—Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da miedo y tristeza. ¡Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de nuestra alquería del Cabañal contemplándole!
—Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres—manifesté, demasiado alegre ya.
—Lo creo—respondió ella riendo—. ¡Oh! las hay muy hermosas. Tengo una primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ¡Qué ojos los de aquella niña!
—¿Serán más hermosos que los suyos?—pregunté osadamente.
—¡Oh! los míos no valen nada—contestó ruborizándose.
—¿Que no valen nada?—exclamé con arrebato—. ¡Pues si no los hay tan preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... ¡Si parecen dos luceros del cielo!... ¡Si son un sueño feliz del cual jamás quisiera uno despertar!
Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no exenta de severidad: