—Señora, yo no podía calcular... ¡Vaya un susto! Pensé que le había arrancado la cabeza de cuajo.

Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me dijo con naturalidad, que agradecí mucho:

—Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ¿Quiere usted acompañarme?

Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.

Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con todas las reglas del arte.

—No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la señora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.

—¿Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no es lánguido.

Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo mismo que si ella no estuviera presente.

—No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con un compañero..., con el piloto, por ejemplo.

—No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan dos dientes.