La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y era uno de los socios de la casa armadora Castell y Martí, cuyos vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios, porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos años que estaban casados.

—¿Y no tienen ustedes familia?

—Hasta ahora no—respondió, levemente ruborizada.

Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante el verano, en una casa de placer que tenían en el Cabañal.

Yo conocía algunos de los vapores de la casa Castell y Martí. Le hice presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la señora de uno de los armadores.

Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme. Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.ª Amparo, a puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.ª Cristina. Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió consentido ya y preparado nuestro matrimonio.

Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y preguntar por la salud de las señoras forasteras. D.ª Cristina me hizo pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y alegremente. D.ª Amparo estaba bien, no tenía más que mimos.

—Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.

—¡Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que...

—Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona—exclamó riendo.