—¡Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted versos en los periódicos.

—¡Oh, no!—exclamé riendo—. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencianas... y se me subió la poesía a la cabeza.

Doña Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó, con amabilidad:

—¿Y el vapor que usted manda hace la carrera de América?

—Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a Hamburgo.

—¿De modo que está usted aquí de escala por muchos días?

—Los que necesite para arreglar ciertas averías que un pequeño incendio nos ha causado anteayer.

A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en Gijón.

—Pues teníamos pensado irnos pasado mañana y detenernos algunos días en Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en camino.

Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel “mi marido” causó en mí una sensación extraña de frío y abatimiento que apenas logré disimular. ¿Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ¿por qué tal noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo.