—En efecto—dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante—; no me ha apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día menos pensado.

—Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa muy guapa y media docena de niños gordos y vivarachos y traviesos.

—¡Amén!—exclamé.

La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente. Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos años que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la opinión del médico.

Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores, y, empeñada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo revelaba su acento.

—No, señor; somos valencianas.

—¿Cómo? ¡Valencianas!—exclamé—. ¡Pues si somos casi paisanos! Yo he nacido en Alicante.

Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes años que formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque les parecía bastante triste al lado del suyo.

—¡Oh, Valencia!—exclamé entonces con fuego—. Yo, que visité las más apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos todo el año; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga. Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.

La de D.ª Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había visto, brilló con cierta alegría maliciosa.