—¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.
Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles.
—Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo haga para evitarle un disgusto.
—No tengo señora. Estoy soltero.
—Entonces a su mamá—tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina.
—Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.
Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido realizarlo.
Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.ª Cristina, que me sonreían.
Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro.
—Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.