—Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.
Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.
De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.
—Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.
—¡Cómo!... ¿Para qué?—exclamé sorprendido.
—Es que supone que aún estará usted asustado—manifestó riendo D.ª Cristina—. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.
Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir inmediatamente un murmullo aprobador.
Acabo de dársela, mamá—dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso—. Puedes estar tranquila.
—Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un poco nervioso—grité yo.
Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz baja: