II
LUEGO que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos a la botica.
El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la Iberia. Fuí a preguntar por su salud.
—¿Es necesario que les pase recado?—me preguntó la camarera.
Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que las señoras deseaban verme.
Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.
—Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias? Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... y eso que la cartita no estaba del todo mal—añadió sonriendo—. Aunque ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por escrito que de palabra.
Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas vidrieras estaban cerradas.
—Mamá—dijo en voz alta—, aquí tienes a tu salvador, el capitán del Urano.
Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la vista a su hija.