—Aquí.
Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el muelle.
Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo, no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al fin, recobró el conocimiento.
Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón.
Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía temblar, di las buenas noches para retirarme.
La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con emoción:
—¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!...
Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije, como es natural.
Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de un humor excelente.