—Han dicho ¡socorro!
—En el muelle.
—¡Otro grito!
Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores.
—¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga!
Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba aquellos gritos lastimeros.
Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté:
—¿Quién ha caído?
—¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted!
—¿Dónde?