Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación.

—Y los de hoy, ¿no levantarán nada?—pregunté con acento afligido.

—Hoy... hoy... Usted lo verá.

Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un piélago de dudas.

Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas graves palabras que acababa de oir.

¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación me los representaba?

Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados algunos instantes de dicha en este mundo.

La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con maternal benevolencia.

—¿Qué es eso, señá Ramona?—exclamé quedando inmóvil con el tenedor en el aire—, ¿Ha oído usted?

—Sí, señor; un grito.