—Y hoy ¿por qué no?

—Porque ayer era ayer y hoy es hoy.

Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él, terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o cuatro marineros que charlaban en un rincón:

—¡Ea! despejar, que voy a echar la llave.

Uno de ellos se atrevió a responder:

—Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor.

La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne:

—Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa preparada.

Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y se retiraron dando las buenas noches.

—Pues sí, don Julián, sí—exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató nuevamente—; los de ayer levantaban la lengua en vilo.