No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.

A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un aperitivo, burlándose graciosamente de mí.

—Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago.

Yo seguía la broma.

—Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra.

—Ha hecho bien—manifestó D.ª Cristina riendo—. Es más vergonzosa la hipocresía que el apetito.

Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la hipocresía me proponía usar de toda franqueza.

—¡Eso es! ¡Completamente franco!...—y me sirvió una ración inmensa de tortilla.

Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería rechazarlas, pero no lo permitía.

—¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente franco.