—Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería.

—Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante!

Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un tono solemne, manifestó:

—Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía.

Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de callos entre las manos.

—¡Callos!—exclamé.

—Guisados por la señora Ramona—profirió D.ª Cristina gravemente.

La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con naturalidad:

—¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de llegar pasado a buscarnos.

—¿Sí?—exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar mientras le aplican una ducha.