—Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida, dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto no quiere que viajemos solas.

Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla.

—Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener ocasión de dárselas en persona.

Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un «adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza.

Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr. Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé medio mejor de combatirla que beber más cognac de lo justo detrás del café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo. Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:

—Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su palabra.

—Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida—repuse riendo—. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo—proseguí mirándola con osadía a los ojos—, cosas que embriagan más que el cognac y todas las bebidas espirituosas...

Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo al instante a sonreir dijo alegremente:

—Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos.

No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes de madurar.