Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.

—Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No trataría de escaparme.

Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su cabeza y le clavé de nuevo la peineta.

Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz alterada:

—Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...

Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba.

Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo.

Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras Martel tres estrellas, Jamaica, Anís del Mono y otras, que sonaban a marcas de licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar. Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel.

Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas.

Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación: primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado; quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver a ver a D.ª Cristina.