El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho, a la estación.

Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de remolacha.

—¡Ribot...! ¡Ribot!

Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos, logro dar con el sitio de donde partía la voz.

—¡Oh, señoras!

Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me pareció que había nacido en el Senegal.

Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me respondió, volviendo su mirada a otro lado:

—¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por casa, y hoy tampoco.

Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente; pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más. Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.

Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía.