Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina descubrieron la de su marido.

—¡Emilio!—gritó con alegría.

—¡Cristina!—respondió él lo mismo.

Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala, sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos.

—¡Siempre la misma!—exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la mano a su suegra.

Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el viaje, y él a ella por su salud.

Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a obedecer.

—¡El salvador de mamá!—dijo con un poco de énfasis, presentándome a su marido.

Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y enfermizo, al menos en la apariencia.

—Gracias a su arrojo—prosiguió la dama—no lloramos hoy una desgracia.