IV

SÓLO cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, si no feliz.

Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura ley del trabajo.

Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me confiaron interinamente el mando del Urano. Desgraciadamente mi padre no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance que acabo de relatar.

Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus inquietudes.

La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.

Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la conciencia.