Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya más.

No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.

Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la vida.

Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del café del Siglo, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.—¿Será ella quien lo toca?—me pregunté con emoción—. Gocé algunos instantes de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde había gente.

—Cristina, ahí tienes una mala persona.

Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:

—Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....

Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto despecho:

—No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en Valencia y por eso me hallo aquí.

Martí me abrazó de nuevo riendo.