—Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted aquí y que su visita nos causa un vivo placer.

Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:

—Señores, les presento al capitán del Urano. ¡No tengo más que decir!

Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.

—Mi hermano político Sabas.

Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del otro.

—Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.

Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó delante de D.ª Amparo, que hacía crochet sentada en un silloncito de raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre política.

Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para rogármelo.

Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no tropezase con la mía.