Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.
Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le interpeló:
—Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que han subido esta semana veinte céntimos?
—Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.
—¡No podía menos!—exclamó en tono triunfal—. Se lo he anunciado a Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que muy pronto daríamos quiebra.
La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.
Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a su tía y no ofender tampoco a su tío.
—¿Y qué me dices de la baja del cacao?—prosiguió con el acento heroico que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y deshecha por los galos.
Martí se contentó con alzar los hombros.
—Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte—añadió con creciente altivez—. Sólo a un hombre de criterio estrecho, completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de guayaquil me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»