—Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato—se atrevió a manifestar Martí.
—¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos podido llegar donde nos hallamos.
En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente gallego.
—Buenas noches nos dé Dios.
—¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...
Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:
—No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.
Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, profirió con profunda convicción:
—No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...
A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.