—No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. Aquí está un marino—añadió señalándome—que ha viajado mucho y puede certificarlo.
Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.
—Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento—siguió Retamoso en tono exageradamente adulador.—¿No lo sabe todo el mundo en Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... ¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!
—Diga usted, Ribot—manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la admiración de que estaba poseído,—en tanto puerto como usted ha visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los hombres para los negocios?
—Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.
—¿Cómo es eso?—exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.—¿De modo que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, sin instruirse?
—Que se instruya si quiere—repliqué yo;—pero, en mi sentir, la mujer no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...
—¡Eso! ¡eso!—interrumpió Retamoso con entusiasmo.—Esa ha sido siempre mi opinión... Isabelita—añadió dirigiéndose a su hija,—¿no te he dicho mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?
Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.
—No entiendo lo que usted quiere decir—manifestó D.ª Clara con cierta acritud.