—Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas ¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.

—Eso es más galante que exacto—interrumpió Castell con su firmeza impertinente—. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.

—Tendría usted razón—repliqué—si la única fase del progreso fuese la de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el verdadero fin del mundo.

Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:

—Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al mundo.—Y elevando la voz añadió:—He tratado a muchos hombres en la vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le va pisando.

Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su pensamiento.

Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual instinto.

Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir los pensamientos.

Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.

—¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado Sabas?