Todos le miramos, incluso el interesado.
—Pegar botones.
—No sé por qué dices eso—murmuró aquél de mal humor echando mano a la pipa.
—¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.
Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.
—Que lo diga ella—añadió Martí.
—Sí; se le caen bastantes—dijo la regordeta dama riendo.
Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.
—Se le caen como a todo el mundo—interrumpió D.ª Amparo desde su silloncito de raso encarnado—. Los botones no son eternos, y creo que mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de que le cosan los botones.
Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de un delito.