—Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con nosotros—repuso Martí.
—Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se muera su madre no tendrá quien le defienda...
Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro que hacía pucheros para llorar.
—¡Pero mamá!—exclamó su yerno.
—¡Pero mamá!—exclamó su nuera.
Ambos se mostraban pesarosos y consternados.
—Tal vez sea pasión de madre, hijos míos—siguió D.ª Amparo pugnando por no llorar—; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...
El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.
Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba tranquilamente su pipa.
Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido infraganti de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella con acento malhumorado: