Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.
Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata del Don Juan de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de dónde me hallaba.
Martí me sacó de él bruscamente.
—Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.
Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.
—Si usted necesita algo—me dijo Cristina—no tiene más que sonar el timbre.
Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.
—Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.
Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de felicidad.—¿En qué pararía aquello?—volvía a repetirme.—Al fin me dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.