V

ACOSTUMBRADO a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora experimentaba!

La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de vuestro cielo.»

Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes resultados; pero estaba seguro de lograrlos. “En cuanto tenga agua,—me dijo riendo—pienso venderla por copas como el Jerez.” Se expresaba de un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, porque ponía toda su alma en cada palabra.

Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus viajes, famosa en España y en el extranjero.

—Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?—concluyó por decirme guiñando un ojo—. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de nuestro país, y si no hago más—añadió riendo—, crea usted que no es por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.

—¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?—le pregunté.

—No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza en mí.

—Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara también participa del mismo temperamento—le dije para satisfacer la curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.

—Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría a cogerlo.