—Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón de los negocios.

—Sí, sí—respondió Martí sonriendo, un poco cortado—. No dudo que mi tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce usted a los gallegos...

Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.

Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la elegancia cortesana.

Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:

—Vengo a mudarme.

Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro que su número y variedad.

—Vea usted este palasan; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.

—Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.