—Hace bien; ahora estamos ocupados—respondió con solemnidad el padre, despidiendo al niño con un gesto.

Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso, y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:

—¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?

—Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa—respondió ella humildemente.

Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.

Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su humillada esposa:

—No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero esta corbata, tráeme una de plastrón.

Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo de estupor.

Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.

—No sé cómo se me pasó—balbució ella—. Lo eché de menos al limpiar la ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.