—Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o menos?—profirió él con sonrisa sarcástica.

—Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.

—¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón... Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla agradable con la planchadora?

—¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!—profirió ella con angustia.

—¿Te he dicho algo?—gritó él entonces con furia.

Matilde calló y se puso a pegar el botón.

—¿Cómo he de ser, di?—siguió él con igual furor.

La esposa no levantó la cabeza.

Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y temeroso.

Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente: