Mientras paladeábamos una copa de vermouth, Sabas se mostró locuaz y expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las personas y las cosas.

Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no obstante, de hacerlo por razones de prudencia.

Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. ¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su padre.

Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa que por él sentía. “Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso le hace”.

—Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios cuando lo necesitaba—apunté yo.

—Sí, sí—contestó riendo sarcásticamente—, no dudo que le facilitará dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.

No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se debían sonsacar. Sabas prosiguió:

—Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.

—También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.

—¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un escritorio.