—Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para los negocios.
Sabas soltó una carcajada.
—¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.
Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de sus costumbres, de la política y la administración que regían en la provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el análisis y bastante severo.
Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus Torres de Serranos, entre cuyas almenas se cree aún percibir la silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.
Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas filletas! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!
Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.
—Es usted popular en el mercado—le dije, riendo.
—Soy un buen parroquiano nada más—me respondió con modestia.
Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos situamos.