—Este es punto estratégico—me dijo—; verá usted cuántos talles salados desfilan en cinco minutos por aquí.
En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.
Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos, impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.
Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell. No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.
Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.
—¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!—manifestó la hija de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.
Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.
—Vaya, prima—respondió Sabas—, ya sabes que por lo menos a tí no te he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.
Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:
—Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el ojal?