—¿Por qué no?—repuso ella.
Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se lo colocó donde pedía.
Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con aquella mujer dije entonces:
—¿Y para los demás no hay nada?
—¿Quiere usted?—me preguntó alargándome uno sin mirarme.
—No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal—repuse con firmeza.
Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer las hubiera besado!
—¿Y yo no entro en turno?—dijo entonces Castell inclinándose con amable sonrisa.
—¡Ea, basta ya de clavelitos!—replicó ella con mal humor saliendo por la puerta.
—He llegado tarde—murmuró el banquero algo confuso.