—¿Quiere usted uno mío?—le preguntó tímidamente Isabelita.

—¡Oh, con placer infinito!

Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba despechado.

Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas de concluir, le dejamos para seguir a las damas.

—Este cuñado de Martín—dije a mi compañero—me parece un muchacho de entendimiento despejado.

—Es un crítico—respondió Castell lacónicamente.

—¿Cómo un crítico?—pregunté yo sorprendido.

—Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.

—¡Buen panegírico!—exclamé riendo.

—El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos llamar vicios públicos, sino privados.