Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que le caracterizaba:

—Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?

—¡Mil pesetas!—exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.

Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:

—¡Vaya unas bromas que usted tiene!

Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:

—Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.

—¡Ah, se lo has regalado tú!—Y volviéndose a Castell:—Pero, Enrique, ¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?

Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento concentrado:

—¡Por eso eres !