Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.

—De sobra sé—manifestó Castell con la misma indiferencia—que hay cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.

—Pues yo no lo encuentro tan remoto—dijo Sabas—. Me parece que el dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.

Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.

—¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.

Sabas se lo tapó con las manos.

—Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.

—Aquí están—dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre la mesa.

—Ahí va—repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.

Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y juró que en su vida le daría otra flor.