Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva como antes.
Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. Aquél me hizo prometer una visita más larga.
—Después del viaje pendiente—le respondí—tengo pensado solicitar de la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o quince días con ustedes.
—Veremos si es usted hombre de palabra—replicó apretándome la mano cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.
VI
IGNORO qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un verdadero absurdo.
Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el afectuoso y cordial de su marido.
Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.
Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba en igual moneda.