Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.
Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de advertir ni la más leve, y esto me bastaba.
A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.
El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.
Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, por todos sus ademanes y movimientos.
Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por su alma bien lo adiviné.
Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos despacio hacia allá.
Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel delicioso campo tapizado de flores donde las blancas barracas parecen palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco sombrero de paja.
Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.
—Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a mis órdenes ese personal.