—Me parece bien la idea—respondí distraído en la contemplación de la hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.

—¡Ya lo creo que lo es!—exclamó Martí con énfasis.—Pero estas ideas, amigo Ribot—añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los hombros,—sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido práctico y la vocación de los negocios.

—Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.

—Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle absolutamente en nada.

No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi estas otras observaciones.

—Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que tenga como yo una voluntad de hierro.

Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.

Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.

—¿Qué es esto?—pregunté sorprendido.

Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso: