—Nada... una fábrica de piedra artificial.

—Pero, al parecer, no funciona.

—No.

—¿A quién pertenece?

—Es mía.

—¡Ah!

Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:

—¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso una piedra y reconócela.

La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.

El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una pizca más de atención.