Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles elevados de sus vapores.

Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas y jarrones.

Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.

—La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice poner su nombre sobre la puerta.

Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.

—La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le conviene—añadió riendo.

Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.

—¿Qué es aquel barracón?—pregunté herido desagradablemente por la vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines del parque.

—Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza—respondió secamente Martí.

Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.