—Pero, ¿no has llegado a fabricarla?

—Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me obligó a gastar bastante inútilmente.

Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que le amaba desde largo tiempo.

Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.

VII

CUANDO llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la elegancia del pabellón Cristina (creo que en este punto insistí demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí toda la vida.

—¿En el pabellón Cristina?—preguntó con sonrisa irónica Castell.

—¿Por qué no?—respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.

—Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la mano elegida por mí.