Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.

—Pues yo, como no soy tan sibarita...—repliqué riendo—, no pongo condición alguna.

Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.

—¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y de las manos lindas que te lo echaban.

Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a nuestro individuo físico y moral.

—Yo no he hallado como tú—concluyó diciendo atrevidamente—, entre tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si cuando tú o antes que tú (recalcó de un modo particular estas palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para llamarme, como ahora, viejo calavera.

La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa de su íntimo amigo y socio.

El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.

Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.

Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico: